domingo, 2 de agosto de 2015

Mi paisaje manchado comienza con una palabra: Iruya. La escuché hace aproximadamente nueve años, tu hermana me habló de las noches en Iruya, de un lugar suspendido en la montaña, fuera de la geografía. A mí la palabra me sonaba a oriental, una noche estallada de luces en algún punto entre China y el norte del país al que se llegaba con mochila y cansancio. Me imaginaba poca cosa, el recinto minúsculo de la carpa, a ellos dos en la intemperie, una predominancia de azul, frío y silencio. Era una imagen típica de montaña, de chicos que se van de mochileros siguiendo la ruta imaginaria de muchísimos otros hippies que viajaron antes que ellos, de cabritos y perros o burros que nacieron en las entrañas de la tierra, de incas y del polvo que nunca deja de volar aun cuando no sople ningún viento. Así llegaron ellos y así llegaríamos también nosotras, sin misticismo, aunque yo llevara esa palabra imantada y llena de arborescencias.
Las leyes en Iruya son claras, aunque no tengo una fotografía, las recuerdo casi de memoria. Un cartel blanco que cuelga sobre la pared de la oficina de turismo reza lo siguiente: “Usted entra a un pueblo con identidad propia”; “No le saque fotos a las personas del lugar sin su previo consentimiento”; “respete a los animales”; “no dé monedas a los niños”; “no altere la naturaleza con prácticas agresivas o perjudiciales”. En Iruya, como en muchos otros lugares, hay chorrera de niños y de perros, hay calles empinadas que son como montañas en miniatura y un oxígeno que entra lento en los pulmones y que trae sol y tierra, a la vez, hasta el fondo de los alveolos. A donde se mire hay potreros, más o menos delimitados. Se juega rápido. En patios que lindan con los gallineros y los corrales, en la plaza, en el filo de la tierra, hay una cancha y una pelota que vuela y se detiene. No conviene que la pelota se vaya, ni en Iruya ni en San Isidro, porque ir a buscarla supone lanzarse al precipicio o pedirle a una oveja que está a 500 metros de distancia que cabecee como nunca en su vida, por eso los jugadores son precavidos y astutos. Juegan hombres y mujeres, chicos y niñas. También juegan al vóley. En un hostel de Iruya nos encontramos con una chica muy bien intencionada, profesora de historia, clown y posible militante que quería emancipar a los iruyenses demostrándoles a los varoncitos patriarcales que las mujeres también sabían patear, pero mijita, eso ya lo saben, no es necesario que usted venga a enseñarles nada. En Iruya también van a enseñar tango, hay clases de inglés y de yoga. En la Iglesia que está a la entrada del pueblo suena una música fronteriza: entre milonga y flautas de Brasil. ¿Qué es esa música, nos preguntamos, que se toma con chocolate caliente mientras se reparten premios? Las prácticas están desfasadas, o mejor, recolocadas. Al costado se venden empanadas dulces de cayote recubiertas de azúcar. Son exquisitas a la hora del mate cuando en el paladar chocan con lo amargo de la yerba y el frío comienza a subir.
De Iruya a San Isidro hay dos horas y media de camino, eso en invierno, cuando el río está prácticamente seco y tres o cuatro perros del lugar se ofrecen espontáneamente como guías de excursión. En verano se va por arriba de la montaña porque la fuerza del agua es “arrolladora”, levanta piedras y golpea, abre la tierra y mata animales. El camino se hace por momentos invisible pero luego recomienza. Vemos espejismo de caminantes que van delante nuestro y luego desaparecen. Tengo mi palabra desperdigada en el pedreguño y en el hilo helado del agua. La vegetación es enana y parda pero de vez en cuando se alza en un pino o en un árbol medio seco. Dudamos. ¿San Isidro es ese cúmulo de casitas que se alza a la derecha o el que saluda a la izquierda? Tres o cuatro chicos se ríen. Para llegar al pueblo hay que subir una escalera que está tallada en la montaña: “esto no es el Señor de los Anillos, esto no es el Señor de los Anillos”, me digo, aunque me salga tan perfecta la imitación de Gollum y ese de allá parezca un hobbit. Esto es San Isidro, casi la Meca de los viajeros, casi el punto más alto del culo del mundo, aunque más allá esté San Juan, otro puñetero pueblo de montaña, más chiquito y muchísimo más ancestral.
Tengo también mi imagen para este pueblo, es una imagen más nueva y felizmente, inexacta: una terraza que pende sobre un acantilado, el último lugar de la tierra y luego, el vacío. Descubrimos que también ahí, en el peñasco solitario, hay direc tv, las mejores empanadas fritas y unas bombas de papa que serían dignas de una tercera guerra mundial. Un señor descansa a la sombra, frente al retrato gastado de Tupac Amaru. Nos preguntamos por los límites inestables de esa tierra que parece estar haciendo equilibrio y nos tiramos al sol, para que fermenten las empanadas y el viaje y se nos distiendan los músculos de las piernas.

martes, 27 de enero de 2015

Volturno



Todas las mañanas despega un cohete de mi casa.
La plataforma de lanzamiento tiene desperdicios, restos del día anterior.
Sobre las paredes quedan marcas pardas de combustible y crecen pequeñísimos organismos que tengo que retirar al amanecer.
Primero el agua inunda las paredes octogonales del recinto. Debo asegurarme de que la válvula de compresión quede sobre el nivel del líquido.
Luego proveo a la nave del cargamento delicado que irá a suplir al resto de la misión.
Reviso que todos los compartimentos queden absolutamente cerrados.
(Un brillo extraño se levanta del río. Amanece sobre los Apeninos)
En la cabina no hay nadie. Un aire embrutecido golpea y rebota contra los espejos de aluminio.
El fuego corona la base de la embarcación y se agitan los pájaros, los perros y las liebres. Todos los días las fieras vuelven a temer el lanzamiento y presienten el sismo.
Hormigas y abejas enloquecen.
Tiembla alrededor el mundo y se entibian las rocas.
El agua se calienta y se agita. Sube y humedece el cargamento.
Los animales quedan alertas y regresan. El olor que se desprende de la nave los atrae porque no pueden recordarlo.
Comienza el ruido sordo. El cohete quiebra el cielo y alcanza el espacio. El líquido aromático inunda la cabina.
Es casi mediodía y en el cielo raso queda una estela gris o blanquecina .
El olor inunda el valle. Sobre la hierba descanso atenta a las comunicaciones.
Tarde llega la señal desde el espacio. Los exploradores agradecen en un idioma casi reumático y exigen, como si algo pudieran exigir desde donde están, un nuevo cargamento de café, tostadas y algún cigarrito.

lunes, 25 de agosto de 2014

"Leer abre hacia afuera"

Que la inocencia me valga. Camino, siempre rápido pero no por eso menos atenta al universo. Y me detengo: en la puerta de un edificio público, del poder judicial, en 13 y 46, un cartel extremadamente poético reza lo siguiente: "LEER ABRE HACIA AFUERA". Más allá del carácter más o menos transitado de la frase, me parece interesante ese llamamiento a la lectura, me parece sugerente el "hacia afuera", nada de torremarfilismo ni lectores reconcentrados, torturados, existenciales, consumiendo sus horas en silencio. Una lectura hacia afuera ¿colectiva?, metida en el fango de lo real pero a su vez, abierta. Una lectura en voz alta? palabras que permitan despegar la vista de las letras y lanzar una mirada sobre el mundo. Y además, volviendo a la materialidad del cartel, nada muy sorprendente, pero sí contundencia: letras negras (times new roman y arial?) hendiendo el blanco de la hoja, dos pliegos apenas superpuestos, algo de la mejor tradición de la poesía visual, un viaje a los orígenes del grafismo poético. Qué bárbaro, macanudo y magnífico, pienso, mientras alisto el celular para capturar la foto. Y, convocada por el cartel, LEO, sigo leyendo.. nuevamente LEER y expresas instrucciones para abrir la puerta "Atención, para ingresar, bajar el picaporte". La bofetada pragmática me derrumba, el "hacia afuera" es para la puerta, no para la lectura. A quién se le ocurriría un cartel semejante? Pero no me importa, porque para leer también hay que bajar el picaporte en su totalidad y tirar con cierta fuerza hacia afuera, y "pasando esta puerta al fondo", encontrará usted, al otro.

jueves, 21 de agosto de 2014

Texto que tendría que haber escrito hace 10 años

Una región que vuelve es aquella hecha de tierra y deseo. En mi caso, de cielo, pájaros negros y deseo.
Una región que vuelve siempre es desértica o escenográfica, hay pocos pero definidos objetos y personajes, en mi caso, una terraza de paredes blancas, medio descascaradas, en un edificio de los sesenta, en una ciudad del interior. El desierto está cuando nos inclinamos por sobre la baranda que da al río y vemos subir el calor por la pared, una imagen que tiembla. Sabemos que la pared está ardiendo en el centro del verano porque por ella asciende ese aire caliente que mueve las cosas. Y después, no mucho más, ropa tendida, la cancha de futbol, el perro negro, tan feo, pequinés o de alguna de esas razas inconmensurablemente feas.
Una región que vuelve, recurrente, vuelve mejor si se hizo a la siesta o por la madrugada, sobre todo porque los sonidos y las voces se dicen de otra manera y hay un silencio que es como sobrenatural pero lleno de ruidos: en mi caso, la siesta, la terraza, el tráfico lejano del puente nuevo que conecta la ciudad con el campus universitario y la zona de quintas; y algunos otros sonidos, la respiración, el clack clack de cuando se acomoda la columna o el cuello, una percusión chiquita que empieza en las manos, con chasquidos secos y lentos que se vuelven brillantes.
Pero también, una región que vuelve, en la madrugada, está hecha de cielo y pájaros que, contradiciendo el orden natural del universo, cantan a la madrugada una música que nos parece que anuncia cosas, la llegada inminente del día, pero también cosas menores, disputas entre los pájaros, resquemores, cortejos, cotilleos, oraciones fúnebres, burlas.
Una región no vuelve con todas sus cosas, ni tierra ni deseo: fango, terremoto de lo espeso.

miércoles, 16 de julio de 2014

Dentro.


Lápiz s/papel. 35x50

"Recolecté todo lo que había en casa capaz de generar filo y tinta". (Fragmento de "La culebrilla", de Valeria Tentoni)

martes, 27 de mayo de 2014

"Ahí viene Joseph Beuys"



Lápiz sobre papel.
2014.

sábado, 14 de diciembre de 2013

download



Acrílico sobre lienzo, 2013.

martes, 22 de octubre de 2013

Brasil



Acrílico sobre lienzo- 90x60
2013

domingo, 22 de septiembre de 2013

Bosque



Acrílico sobre lienzo. 70x90
2013

martes, 27 de agosto de 2013

río



Acrílico sobre textura encontrada.
2013
¿Munro?

martes, 23 de julio de 2013

domingo, 19 de mayo de 2013

árbol.



tinta china-2013.

viernes, 10 de mayo de 2013

Pájaro



tinta china. 2013

sábado, 20 de abril de 2013

Crónica de un martes memorable (o dos)


La noche del martes pasado fue la primera noche de un largo día que comenzó el dos de abril y se continuó durante casi siete días sin interrupción. Comenzamos el taller de literatura y la mitad de la ciudad estaba, otra vez, a oscuras. También Meridiano V, también el galpón, así que nos fuimos a casa de Gonzalo, el protagonista de esta historia.
La casa de Gonza es una "casa" de verdad, es una casa por la que ha pasado el tiempo y cada elemento parece tener una historia, un uso, un desgaste. Esa fue, reitero, la "primera", por así llamarla, "noche", después de la inundación, y los ánimos de todos estaban extraños, entre contentos de vernos; tristes, indignados, por lo que estaba pasando; extasiados ante la enormidad chocolatosa del huevo de pascuas que trajo Sole y la contundencia del ron de Gonza. Así fuimos leyendo el primer cuento del año, "Nadar de noche", de Juan Forn. Como siempre, las derivas. Juan Forn y Página/12. Juan Forn se va a vivir a Villa Gesell cuando ya no aguanta más. La pregunta de Gonzalo: ¿Por qué todos los escritores se van a vivir a Villa Gesell? ¿Qué es ese "encuentro" que se produce en el relato?, ¿Cómo pesan las palabras "nadar" y "noche" esa primera noche cuando todavía sudan las paredes de las casas y nada se ha repuesto del todo, y sin embargo, está bien, era ese el cuento.

Ayer, segundo martes, seguimos con Juan Forn, un cuento, para mi, menos iluminador que el primero "Mañana preocúpate de mañana" y una crónica excelente, contratapa del Página, "Volver a casa". Hacia el final, Gonza pregunta si puede contarnos una historia que le pasó, y nos dice que días después del primer encuentro del taller fue a capital a una terapia, se puso a leer "Los detectives salvajes" de Bolaño y se pasó de la estación de subte en la que tenía que bajar, volvió a subirse, llegó a lo de su terapeuta, y ante la pregunta esperable de la inundación, y las respuestas, seguramente, menos esperables, de Gonza, surgió, resplandeciente, el nombre de Forn, que otra vez se iba a Gesell, crisis hepática, sobrevivencia, con su hijita y su mujer. Y la novela, María Domecq, de la que Andre había hablado. Coincidencias. Gonza saluda y busca su auto en algún estacionamiento de BsAs. (acá se me pierden los hilos de la historia, auto? subte? lugar geográfico), no importa.. antes de volverse ve una pequeña librería de libros usados, ya es tarde, son casi las 8. La chica le dice "Pase, lo estábamos esperando antes de cerrar". ¿Usted viene a buscar este libro?, Sí, responde Gonza, sin saber muy bien qué estaba haciendo. "Son $40". Gonza sale con un libro envuelto y no sabe qué habrá adentro. Lo abre, es, como las leyes de la ficción lo requieren, una novela de Juan Forn. Aquí la lengua de Gonza se vuelve más literaria aún y nos dice "paré en la gasolinería, no podía agunatar las ganas de leer. Pedí un café y me terminé ahí mismo la novela".

viernes, 1 de marzo de 2013

lunes, 18 de febrero de 2013

isla grande-2013

viernes, 4 de enero de 2013

hot dog

Boceto en paint-


viernes, 23 de noviembre de 2012


Algo así como un autorretrato.
Acrílico y puntas- 40x40
2012

viernes, 16 de noviembre de 2012

Muestra de Pintura: Jardín de Gente


Mañana sábado 17 de Noviembre, a las 19:30 hs exponemos con el Taller de Pintura
Habrá beberaje y música para acompañar las imágenes! Los esperamos!

martes, 14 de agosto de 2012



Acrílico sobre lienzo- 30 x 40