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sábado, 2 de abril de 2011

demora



en breve, en el bosque.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Pipinas











Merlina contó los sapos muertos: 46 en total.
En Pipinas hay sapos muertos y vivos. Los vivos habitan la fuente de la plaza y a veces actúan sobre la espalda de algún caballero. Hay también cabinas telefónicas que parecen de los '60 y adentro de una de ellas, el comienzo de un nido de avispas que reproduce en su estructura las celdas de la cabina. Hay un hotel y algunas viviendas, hay, sobre todo, casas deshabitadas y pocos jóvenes. La cementera Loma Negra, que era la principal fuente de trabajo para la mayoría de la población cerró y dejó a un 60% de la gente sin trabajo. Como otros pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires por los que también pasaron empresas cuyo único interés era beneficiarse de los recursos naturales y de la fuerza de trabajo de la población, Pipinas se está convirtiendo en un "pueblo fantasma". Sin embargo, el día que llegamos nos encontramos con una procesión de carretas y caballos que venían de los pueblos vecinos en lo que era la "21° Marcha de la Amistad" a beneficio de la Escuela Especial N° 501.
En Pipinas el tiempo se da de un modo muy especial, de repente los hombres sobre los caballos, vestidos con la ropa "gaucha" tradicional y cabalgando con un porte decidido nos llevaron a cien años atrás, pero al final del largo desfile se escuchaba una canción de Creedence que uno de los "gauchos" bailaba fervorosamente.
Fuimos, entre otras cosas, para comentar una novela de Carson Mc Culler, "El corazón es un cazador solitario", que transcurre en un pueblito de Estados Unidos que al igual que Pipinas, parece atravesado por la desolación pero en el que también se dan estos encuentros maravillosos, esta confluencia de personajes singulares.
A la noche fuimos a la fiesta del pueblo, un galpón gigante, mucha luz y una banda sonando en vivo. Entre la gente que bailaba apretada descubrimos a Miss Amelia, otra gigante de otra novela de Carson Mc Cullers. La serie de "encuentros" culminó cuando visitamos la casa de Marta, una amiga de la Grieta, que nos recibió junto con Oscar y Felipe en su quinta, enclavada en lo verde de Verónica. En su casita había un piano, una biblioteca, fotos de escritores, pinturas, un horno de barro, plantas y ventanas.
Hablamos del modo en que las cosas permancen y del modo en que podrían cambiar, de la resistencia (Gra y Estela escribieron el panfleto de Pipinas, Ale,Manolo, Oscar y Andrea introdujeron la veta política que estábamos necesitando).
Hermoso viaje que no deja de permanecer.

domingo, 26 de septiembre de 2010


Los balcones no son todos iguales, aunque algunos se parecen.El de ayer era casi igual al tuyo, pero sin las reposeras de madera, sin las macetas de barro, sin los caballos y los sapos. Daba la misma luz y permanecíamos la misma cantidad de horas sobre los sillones, frente al televisor apagado, yendo y viniendo a la cocina.
Hay balcones que son directamente terrazas enteras, que se queman durante la siesta y más allá del puente nuevo. Sube el calor deformando la superficie blanca de la pared, suben hormigas? casi nadie tiende la ropa. A tu balcón llegan las palomas a pesar del espantapájaros. Acá a veces los grillos y las luces de la autopista.
Hoy: brotes del gingo aunque parecía que no había vuelta atrás.

viernes, 4 de junio de 2010

cycling trivialities



adentro de Caperucita hay una zebra desdentada.
el cerdo amigo le cose el rabo mientras se escapan los caracoles.


dibujito para la mesa-collage de Rochi.

Cycling trivialities- José González

martes, 4 de mayo de 2010

Buitres-de Franz Kafka


Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.

-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.

-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?

-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.

-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.