Música que sonó ayer durante la presentación del libro (Gracias Vale, Pablito y Mari).
jueves 3 de diciembre de 2009
martes 1 de diciembre de 2009
UNA BALADA AL CIELO

Miércoles a las 21:00 hs en La Grieta presentamos UNA BALADA AL CIELO, libro que hicimos con los amigos de los talleres de arte y literatura. Salido quién sabe de qué vericuetos de Carson Mc Cullers y la canción sentimental, de Singer y la dama gigante, fue a parar a la mesa de los literatos... y así como iban saliendo cuentos y relatos, prosas cuasi-poéticas y ocurrencias fantásticas (en alguno de los sentidos de la palabra), nosotros dibujábamos como para continuar el diálogo... y a la pelota de palabras y de imágenes le sumamos este miércoles música y proyecciones, más textos que no entraron en la publicación y quizás quizás una comida exquisita llamada "piadinas" (que son como tacos pero italianizados... con verdura, queso y pollo), todo esto en el marco de la delirante y ambulante Muestra!
Los esperamos!
lunes 30 de noviembre de 2009
lunes 23 de noviembre de 2009
Hay, al principio, algo?


La mujer fue a morir al bosque de lengas. Había escrito tres cartas, había alimentado al gato por última vez, había, como quién dice, dejado las cuentas al día y ahora iba a morir. Caminó abrigada con su pullover rojo mientras fumaba. Se acordó por uno momento de Claudia y del resto de los compañeros, a esa hora estarían esperándola para ir a marchar, se asombrarían de que no llegara a tiempo y la seguirían esperando todavía después, durante la marcha, y aún después cuando corrieran hasta la casa del Cata a comer una picada.
Hay algunas puertas y un tobogán. Brunelda canta con la boca cerrada como si estuviera amasando un pez en el interior de su boca. Los dientes tocan sin lastimar la piel recién nacida del pez, Brunelda lo siente brillar en la oscuridad y lo deja salir a regañadientes. Después se come las uñas y se toca los tobillos.
Hay, quizás, dos personas asomadas al balcón, o nada. es decir, hay un nacimiento pero es tan insignificante que es más sensato decir que no hay nada. Pero, sin embargo, y aunque me demore muchas escaleras y esté estando o no durante los escalones, hay, punzante, una polilla muerta y una libélula gorda que contradice descaradamente la esencia de las libélulas.
entonces, un nacimiento y la pared interrumpida por la polilla. polvo sobre su cuerpo alado y más abajo dos pares de zapatos. a esa hora siempre entra el sol. Brunelda puede estar amasando peces durante horas. ella lo sabe. Cristian, por otro lado, modela ardillas soeces que se comen los tobillos de Brunelda, y por eso la pobre se los vigila, a ver si ya le crecieron.
hay, como algunos creen, un orden cotidiano de comidas, pis, sueño, charlas, lecturas, malas lecturas, desmemorias, un orden de pequeños encuentros, y en el fondo punzante la polilla que a veces es roja pero también muerta y pared.
Hay, eso sí, siempre hay ventanas a las siete de la tarde. Cada ventana tiene un corazón desconocido atado en una lámpara y alrededor algunas bocas y algunos brazos. Sería tan fácil sentarse y aceptar el vaso de gaseosa o jugo, las galletitas sólo si no es molestia. Sería fácil desentrañar los adornos y los souvenirs, o los libros, quizás sería mejor si no hubiera techo ni papel higiénico, aún así, o ir conociendo los meollos de la tía Teresa y de Patricia. El aborto. Juan y su manía de masturbarse antes de que lleguen la abuela y la prima. Mirar una ventana a las siete u ocho de la noche sería como meter la mano en agua tibia e ir entrando de a poco con todo el cuerpo, abrir un ojo y después el otro, y que no importe que de las lámparas no quede corazón, sino tan sólo un par de nervios, algunas venas, un trozo de pan con mermelada, el interior de una mandarina.
Se sentó al borde de un árbol y miró hacia arriba. La copa verde empezaba a llenarse de sol. Amanecía. Más lejos pasaban las ovejas salvajes con la lana hasta el piso. Se llevó a la boca el cigarrillo y le dio la última pitada. Empezaría a morir quizás cuando llegaran las ardillas y los peces de Brunelda.
Sus amigos se darían cuenta unos días después y llegarían los parientes desde lejos, aseverando cosas sin saber, o quizás, amasarían sapos y renacuajos en silencio.
miércoles 18 de noviembre de 2009
la casa verde


La isla se iba dibujando de forma precisa sobre la geografía.
Todos habían acudido como si se tratara de un requisito de su especie: los pájaros y los helechos, las magnolias y la mujer de piedra, la tierra olorosa y la madreselva.
Después llegamos nosotros y los abejorros. Las tumbas y la noche.
La isla se despegó del río, escuchábamos las voces de los chimangos y el crujido de las bolsas. Los hongos de plata tamborilearon la tierra y estuvimos en Brasil o regresando a una ciudad durante la noche. La isla se pobló de lengas -el árbol de tronco blanco y copa fosforescente- y antes o después los paisajes engañosos de Sasall.
y ahora, ¿Dónde estará la isla?
viernes 13 de noviembre de 2009
with(out)
El hombre estaba sentado en el sillón verde. Hablaba pero miraba hacia adentro, como si buscara algo en su propio cuerpo. Le contó a la mujer el sueño que había tenido: “mi casa se empezaba a llenar de arañas, había de varios tamaños, algunas ni siquiera me asustaban, al principio, sin embargo, después no podía dejar de pensar que estaban allí, saberlo me hacía mal. Eran grises y hasta parecían de juguete, eran arañas construidas de hilos, estaban como tejidas, pero yo sabía que estaban increíblemente vivas. Algunas se escondían detrás de la puertita de la correa de la persiana. Otras habitaban más cerca del suelo, inmóviles pero atentas. Había gente que entraba y salía de mi casa pero yo no podía prestarles atención, y tampoco podía matar a las arañas porque me imaginaba que al hacerlo explotarían y se desharían en una materia entre viscosa y dura –los hilos?- y esa imagen me causaba mucha repugnancia.”
El hombre calló. La sala de espera se llenó de silencio. La mujer, que lo había estado mirando todo el tiempo –porque era fácil mirar a alguien que no la miraba, que sólo miraba hacia adentro, era fácil seguir el movimiento de sus párpados, el tic involuntario de sus dedos, la crispación de sus manos- comenzó a besarle el brazo. Lo hacía rigurosamente, como si cada punto de beso debiera ser preciso y contundente. Sin embargo cada punto se unía con el otro a través de un movimiento de ligazón que hacia la mujer, un movimiento extraño que involucraba sus labios y su pelo rojo. El hombre le miraba la cabeza y el costado de su cara, desde allí podía sentir su olor, que al principio no le había gustado porque era como si estuviera saturado de duraznos y cítricos. Un perfume de verano o de primavera –un perfume liviano y fresco, habría dicho su hermana, imitando los anuncios publicitarios- que en el cuerpo de la mujer parecían espesarse y madurar. Cerró sus ojos y cada beso fue como parte de una lluvia seca. Se sintió aliviado.
Más lejos dos señores, que parecían mellizos, esperaban su turno. La señora de la esquina leía una de las revistas que habían dejado en la mesita del costado. Era una de esas revistas viejas, de sociales y moda, de recetas y horóscopos. Le conmovió que la mujer leyera con ansias el horóscopo viejo y después pensó que eso quizás no fuera tan diferente a leer las noticias del día. La mujer pelirroja seguía besándolo, el cuello del hombre estaba dibujado con surcos apenas más oscuros que la piel. De la misma forma, lejana y precisa, ella siguió atando los nudos. Él sabía que tarde o temprano los llamarían, pero todavía había tiempo, los mellizos habían llegado primero. Él tenía el número 84, se preguntó qué número tendría ella. A lo lejos se escuchaban las cotorritas y entraba un aire de campo.
El hombre calló. La sala de espera se llenó de silencio. La mujer, que lo había estado mirando todo el tiempo –porque era fácil mirar a alguien que no la miraba, que sólo miraba hacia adentro, era fácil seguir el movimiento de sus párpados, el tic involuntario de sus dedos, la crispación de sus manos- comenzó a besarle el brazo. Lo hacía rigurosamente, como si cada punto de beso debiera ser preciso y contundente. Sin embargo cada punto se unía con el otro a través de un movimiento de ligazón que hacia la mujer, un movimiento extraño que involucraba sus labios y su pelo rojo. El hombre le miraba la cabeza y el costado de su cara, desde allí podía sentir su olor, que al principio no le había gustado porque era como si estuviera saturado de duraznos y cítricos. Un perfume de verano o de primavera –un perfume liviano y fresco, habría dicho su hermana, imitando los anuncios publicitarios- que en el cuerpo de la mujer parecían espesarse y madurar. Cerró sus ojos y cada beso fue como parte de una lluvia seca. Se sintió aliviado.
Más lejos dos señores, que parecían mellizos, esperaban su turno. La señora de la esquina leía una de las revistas que habían dejado en la mesita del costado. Era una de esas revistas viejas, de sociales y moda, de recetas y horóscopos. Le conmovió que la mujer leyera con ansias el horóscopo viejo y después pensó que eso quizás no fuera tan diferente a leer las noticias del día. La mujer pelirroja seguía besándolo, el cuello del hombre estaba dibujado con surcos apenas más oscuros que la piel. De la misma forma, lejana y precisa, ella siguió atando los nudos. Él sabía que tarde o temprano los llamarían, pero todavía había tiempo, los mellizos habían llegado primero. Él tenía el número 84, se preguntó qué número tendría ella. A lo lejos se escuchaban las cotorritas y entraba un aire de campo.
jueves 12 de noviembre de 2009
Lenine - A Mancha.
sigue la música, la burbuja de música. una forma del equilibrio, otra forma de gritar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

