martes, 17 de agosto de 2010

Dolly




“Me llamo Dolly, como el personaje de la película de Barbara Streissand.”

Dolly trabaja en el hotel Franci de Mar del Plata, en el turno de la noche. Cubre su cuello largo con un pañuelo amarillo y tiene el pelo blanco apenas sostenido por una peineta de acrílico. De joven trabajó en capital, en una compañía de seguros y hacía colas larguísimas, desde las cuatro de la mañana, para ir a las funciones del Colón.
Dolly modula su voz mientras nos cuenta muchas cosas, reparamos en la forma extraña de su nariz y en el movimiento enérgico de sus manos.
Sus padres viajaron por todo el país como si fueran una familia de gitanos, pero ella siempre fue la “nena”. Dolly tiene dos vicios: hablar y la literatura. El vicio de la literatura dice ella que comenzó a los doce años, cuando leía a Dostoievsky y a Chéjov, pero que como era un vicio tuvo que dejar de hacerlo. Dolly dice “yo no tengo lenguaje”, seguramente para aludir a su “falta de estudio” universitario o al vocabulario más técnico. Sin embargo, nos habla durante horas siempre bordeando el secreto. Saca una carpetita hecha con la tapa de algún envase de cartón en la que guarda recortes y selecciona los apropiados para nosotras “a vos que vas a ser docente, uno sobre Horacio Sanguinetti, el ex director del Colegio Nacional de Buenos Aires, sobre la crisis de la vocación docente”, para todas una columna deportiva que habla sobre Maradona pero de la que Dolly destaca su carácter poético. Así comienza el artículo: “Zurda galáctica viajando por el tiempo, estrella fugaz perforando el universo. Paraíso y ostracismo, brillo y oscuridad. De Fiorito a la cima sin escalas. Poeta del verde césped, pie de mármol dejando la estela. Cósmica figura bailando en el espacio. Magia inmortal, música. Diez puntos. El fútbol es arte.”
En el hotel nos sentimos como en la casa de una tía. Hay muebles viejos y hermosísimos, de tapizado verde y madera. Hay luz de veladores y música (de esas músicas que no tienen tiempo, música italiana, cubana, boleros, algo de bossa nova) y cuadros que no entendemos del todo. Dolly sabe lo que significan esos muebles y nos cuenta que cuando era joven y vivía en Bs.As amaba tomar cafés y elegía los bares según los muebles que tuviera. “Hay que ver”.
Dolly es una viajera por naturaleza. Siempre viajando, y “en cada lugar hay algo lindo para ver, cosas para hacer y aprender”. Lee con atención las columnas del diario dedicadas al turismo y tiene sus autores predilectos. Viaja parada detrás de la mesa de entradas, recibiendo a turistas de todo el mundo, australianos, coreanos, alemanes, rusos… pero sabe que al fin de cuentas, “todas las personas son más o menos iguales”.
Habla y bordea el secreto “hay cosas, muy mías, que yo no les cuento”, pero sus palabras son más que rodeos para no contar, forman parte de otro centro en el que se va tejiendo la experiencia visible de su vida.
En el hotel se hospedan muchos capitanes de barco, Dolly no los llama “Capitán” porque ahí no están en ningún barco ni son señores de nada pero aprende sus nombres y les recomienda lugares para comer y divertirse. El hotel queda frente a la terminal vieja de Mar del Plata, es una zona en la que todos los hoteles y restaurantes están cerrando o ya están cerrados. El hotel Franci también se va a mudar a una zona más céntrica. Mientras estuvimos ahí no sabíamos qué iba a pasar con Dolly, si iba a seguir trabajando o no, porque en el hotel nuevo iban a utilizar más computadoras, y ella no sabía usarlas. Antes de irnos nos confirmó que sí, que seguía en el turno de la noche. Dolly parece sorprenderse de las cosas buenas que le pasan, el trabajo, las oportunidades que tuvo a lo largo de su vida, el reconocimiento de otra gente. Archiva los papeles y registros de trece años de trabajo, nos llama un remis para ir a la Terminal y nos saluda desde la puerta como si fueran dos los barcos que se van.

miércoles, 4 de agosto de 2010

lunes, 2 de agosto de 2010





cómo se vuelve?
Margarita le saca la piel a los pimientos.
Tito le agrega una cucharadita de café al mate.
Moni guarda envoltorios de papel dorado para caramelos del futuro.

viernes, 16 de julio de 2010



Para Andre, que me contó sobre las lengas del sur y las ovejas salvajes.

lunes, 12 de julio de 2010

sueño

la calle Remedios de Escalada amanece inundada.
Entre la calle y la vereda se alcanzan a distinguir partes de una marimba. El profesor de música toca con una baqueta demasiado grande, golpea las teclas y se oye el chasquido del agua y de madera podrida. Toma exámenes y es muy riguroso con los alumnos que le temen e intentan seguir sus indicaciones.
La lluvia que no cesa.
Con el abuelo vemos pasar al primer pez, es negro y bigotudo y nada llevado por la corriente, muy pegado al suelo.

miércoles, 7 de julio de 2010

Misiones

bajo el brazo golpeo el cajón lo sostengo en el aire
con la otra mano doy dos golpes más agudos
agua cae
es la ducha de mosaicos rosados y negros
tengo los ojos cerrados
la mano hecha un cuenco golpea la madera el cajón golpea y toma aire
la otra mano da dos golpes
cae la lluvia y suena agua
golpeo las palmas desfasadas, el baño a oscuras
golpeo con la punta de mis dedos de la mano derecha la base de la palma de la otra mano, cambio muchas veces, puntas y palma.
acentos
baja la mano golpea las piernas siente el chasquido de la piel y del agua
golpes en la madera en el cuenco de la mano
en la boca las gotas y la palma que sube y golpea
la mano abierta sobre el cajón
sube y golpea

Misiones-Chamamé Crudo

martes, 6 de julio de 2010

Pilett


Ya nadie viene a esta pileta. Cuando éramos chicos veníamos con los abuelos de Rodolfo a pasar la tarde y había por lo general cuatro o cinco familias que también eran del club. Traíamos algo para comer o el abuelo hacía el asado, eso dependía de las ganas que tuviera, y nosotros mientras tanto salíamos a caminar o hacíamos dibujos de los pájaros. Al costado había una zona de quintas pero casi ninguna construcción, nos gustaba perdernos por ahí hasta que escuchábamos los gritos de la abuela que nos llamaba para comer.

El agua está limpia y fría. Supongo que los caseros que quedan a cargo del club la deben mantener así, y aprovecharán para usarla también. ¿Qué otra cosa podrían hacer en un lugar como este? Me he fijado y no estaban en la casa ni tampoco detrás de las canchas. Alrededor de la pileta crece el pasto que de tan vivo parece azul. Me siento en la orilla con las piernas en el agua y es como si me clavaran cientos de agujas. La sensación me atraviesa hasta el hueso y me alcanza la boca del estómago hasta que lentamente me voy acostumbrando a la temperatura.

Estoy adentro. Casi adentro porque la cabeza permanece todavía afuera, al ras del agua, cortada por el agua y un poco ridícula, con el pelo inflado a los costados y los labios morados de frío. La cabeza flota, blanca y con el halo de pelo negro detrás. Mi cuerpo ha quedado cubierto y todo filtrado por el color verde del agua. Me pregunto cuánto tiempo podría estar así. Sobre las valijas y la ropa que acabo de sacarme se han apoyado dos pájaros. Tienen el cuerpo blanco excepto en la parte final de las alas, que son negras. Caminan sobre el suelo inestable de la tela y picotean los botones de plástico. Apenas me muevo para no espantarlos. Uno mete la cabecita detrás del ala y la saca rápidamente. Hace el movimiento muchas veces. El otro mira sin mirar nada en particular. Estamos, los pájaros y yo, la ausencia de los caseros, y mi cabeza cortada, en la mañana, en la pileta, en o afuera del agua, sin tener a dónde ir. Pienso en la reunión particular de todos nosotros y en lo fácil que sería desarmar el conjunto. Por ejemplo, uno de los pájaros podría volar, llamado quién sabe porqué, al interior del bosque. O podría llegar la señora del cuidador y alarmarse al ver a una extraña en la pileta del club, desnuda y en mitad del invierno.

Recuerdo, no sé porqué lo recuerdo en este momento en que uno de los pájaros ha saltado a tierra y picotea como si buscara comida, que un personaje de un cuento que leí hace mucho, Elsa, dejaba sus rodillas en una escalera, después de haberlas mecido como si fueran un niño. Se me ocurre entonces: dejaré la cabeza que está, allí arriba, observando a los pájaros, la dejaré con sus dientes y la totalidad de sus pestañas, con la nariz, las orejas, y el pelo por supuesto, que le permite flotar graciosamente. Me llevaré solo la mitad del cuello y ella ni lo notará. Andaré así más liviana y dormiré en las quintas, sobre las valijas, esperando que algún perro o un ciempiés me acompañen. Ya he comenzado a caminar, la cabeza apenas ha intentado seguirme. Los pájaros volaron, como era esperable que hicieran, ante el movimiento inesperado. Me secaré apenas para salir antes de que regresen los caseros.


foto de Pilar María y gracias a Robertochiquitito