viernes, 13 de mayo de 2011

Chile, a foco (1)

Somos tenaces y nos arrodillamos sobre la arena, de cara al mar. Lo vemos. Miriam lo toca con un palito que encontramos cuando veníamos hacia acá. Algunos se aburren, simplemente no ven, y miran en cambio el mar gigante y helado. Hacia el fondo se distinguen las cabezas macizas y geométricas de los témpanos de hielo.
Hemos caminado toda la noche movidos, no por la certidumbre, sino por el cansancio de las cosas reales. A unos diez centímetros de la arena, en ese espacio impreciso que no es ni mar ni costa, en ese espacio en el que se deposita la espuma del agua y en el cual se adivina la depresión del fondo, la erosión continua que moviliza las partículas, ahí, a diez centímetros o a veinte centímetros, estaba la tira angosta de carne, de ese color gris que adquiere la carne hervida, pero medio rosada también, flotando en un vaivén como si se hamacara. Miriam lo tocaba con el palito y de sus bordes se iban desprendiendo hilos de carne.
Amanecía sobre nuestras caras heladas pero no sentíamos frío porque ascendía, de la tira angosta sobre la que se iba depositando el sol, un calor que se nos acomodaba entre el cuerpo y la camisa. Amanecía sobre Chile. Desde ahí escuchábamos el despertar de la gente, subía el rumor de automóviles y de máquinas, la voz aguda de las mujeres, risas, movimiento de tazas en los cafés. No sabíamos cómo, digo, nunca supimos cómo acceder al centro crudo.
Ellos se levantaron, Miriam y yo los seguimos.


Quiero conocer Valparaíso y sus muros pintados. E invernar.

1 comentario:

Santiago dijo...

Hay algo en Chile que siempre me llamó la atención. Algo un poco indefinible. Una simpatía. Por uno de los chiles posibles, al menos: el de Teillier; el de Marín; el de Rivera Letelier... Alguna vez imaginé historias ambientadas en Chile, que -creo- nunca llegaron a ser.
Alguna vez me gustaría viajar todo el Pacífico americano, desde el sur hasta el norte... Me gustan sus focos en Chile, Carito.
Le dejo un abrazo de martes por acá.