domingo, 6 de enero de 2008


Rodolphe volvía con los pies llenos de barro. Los miraba secarse, le gustaba que la tierra se fuera agrietando despacio y formara pequeñas islitas sobre sus tobillos. Le tiraba la piel y pensaba que esa pequeña metamorfosis de sus pies y de sus tobillos, esa maravilla añadida sería la inversa de la muerte, justamente lo contrario. Islas quizás azules o grises carcomiendo su interior, muertas pero carcomiendo inevitablemente su interior, como disecándolo por dentro. Y entonces aquella tierra era una forma de contrarrestar la muerte, de multiplicar su vida en islas que crecían hacia fuera.
Eva no lo sabía. Ella no pensaba en la muerte, y desde que habían regalado los muebles de Dora había dejado de pensar en ello. Rodolphe se divertía mirándola lavar los platos con agua casi hirviendo. Sus hombros blanquisimos se transformaban paulatinamente en rosados y las manos eran realmente rojas y enérgicas, y a veces con espuma, y siempre con agua y algo de vapor y platos que sujetaba con firmeza. En la cara ninguna expresión, o más bien la expresión de Eva, atenta a todo y a casi nada.
Si Rodolphe pudiera ayudarla, aunque más no fuera secando los platos. Pero era torpe y no era su culpa.

2 comentarios:

María dijo...

Carito, el comment que me dejaste es más un post que un comment. Pero supongo que eso pasa cuando una sabe escribir de verdad (lo confirmo leyéndote acá). Gracias por pasarte. Un besote.

... dijo...

Extrañaba tanto leer tus cosas... Menos mal que ya hay un lugar para eso. Me pasaré seguido. Un beso, (imaginar los cien apodos cariñosos que se me ocurren cuando te veo).