lunes, 14 de febrero de 2011

Devolver el cangrejito al mar




"Sábado.Estamos en la playa. El sol se va depositando por capas sobre el cuerpo, como si le imprimiera ondas de calor que al llegar a la piel se secaran y descendieran hacia el interior. Así la espalda y los hombros (...)"
Nunca pude terminar el texto que había comenzado y que nació, de eso estoy segura, de la certidumbre de estar quemándome bastante mal por primera vez en el verano. No es tan fácil ponerse protector y uno puede olvidarse los costados. Aparecen manchas rojas que duelen apenas después de la tarde de sol. En Mar del Plata el sol engaña y a pesar de que el viento de mar refresca la piel, quema.
Pero es bueno interrumpir un texto cuando lo que queda en su lugar es la experiencia de estar con amigas, en paz, quedarse mirando el mar y hablando a veces sobre cómo los surfistas ingresan en una ola y la remontan, o sobre las series de olas y la ciudad que no se termina. Es bueno reírse y hablar una y otra vez de los mismos temas, pero siempre como si fuera la primera.
La casa de Delfi está llena de luz, no sólo porque hay ventanas extrañamente situadas entre patio y patio y tragaluces en el techo sino porque la gente que la habita sabe quererse. "Bienvenidas", nos dijo el papá de Delfi apenas llegamos con las mochilas. En seguida la mamá nos preguntó por el viaje, por la ciudades de las que éramos originarias, por nuestras familias. Y en el medio Anita nos saludó con el yeso todo escrito y ganas de salir con sus amigas. Fuimos entrando a ese orden de personas que a veces estaban y a veces no, pero de las que siempre sabíamos algo. Se aprende mucho de los demás, se aprende por ejemplo a preguntar para saber del otro, a preguntar escuchando las respuestas, con una sonrisa en la cara, a preguntar a veces lo que ya se sabe, para que surja el relato una vez más.
Y también, porque conocer Mar del Plata es también conocer sus lugares "típicos", fuimos a merendar a Manolo y a visitar Villa Ocampo. Me llamaron la atención los empapelados de las habitaciones de Victoria,llenos de pájaros y de flores, en "composé" con las cortinas y manteles, como bien explicaba el cartelito.
Y conocimos también la noche marplatense, la noche en el puerto, en un centro cultural-castillo-hostel un tanto extraño. Fuimos para escuchar a Rosario Bléfari pero nunca llegamos a hacerlo. Tocaron antes dos bandas que más invitaban a dormirse o a cortarse las venas con el papel de las entradas. Bandas y gentes "explícitamente oscuras", abundando en la oscuridad y en la ropa negra. Nos fuimos yendo, de a una, a una suerte de cocina vacía en la que había dos bancos de plaza pintados de verde y corría un airecito. Una plaza en una cocina en un castillo en un puerto en una noche.
Los papás de Delfi volvieron de Mar de Chiquita y en el fondo del bolso se encontraron con una cangrejito. Pardo y húmedo, caminaba de costado y de repente se quedaba tieso, moviendo apenas las tenazas, como un gesto automático. ¿Qué se hace con un cangrejito tan pequeño que se ha metido en el bolso de dos aventureros? Susana y Máximo. Hay que detenerse y saber que el bicho está vivo y que es, trasponiendo las palabras de José, quizás cuatro centímetros de vida palpitante: hay que devolver el cangrejito al mar. Máximo camina las tres cuadras y lo hace. Nos reímos porque a veces cuesta dimensionar tanta ternura, la delicadeza simple y activa.
Delfi y Pili, las quiero mucho.

2 comentarios:

Adrianófanes dijo...

A mí me cuesta escribir cuando hay gente amiga al lado. Prefiero que mi actividad me encuentre en soledad y sí: compartir al máximo con el resto cuando se da la chance de estar físicamente juntos. Incluso, mirar el mar desde los silencios... No es necesario estar todo el tiempo hablando, aunque a mí me encanta charlar, je.

Hay algunas partes del relato que me llegan mucho. Eso de la hospitalidad de la gente que a uno lo recibe, que le preguntan al otro cómo está, que tiene ganas de involucrarse con otras personas. Me pasó hace muy poquito en un viaje largo que hice por la cordillera y ver ese espíritu de apertura de la gente me llenó de emoción.

Este fin de semana, asistí a un casamiento y también volvió a pasarme lo mismo.

Está bueno identificar cuándo uno está en presencia de gente que "sabe quererse".

Me encantaría que otras personas también pudieran ver eso en mí.

Yo no he devuelvo cangrejos al mar... Pero sí he repartido ilusiones y, de alguna manera, cuando ello sucede, me hace feliz.

Un abrazo.

Caro dijo...

Gracias por pasarte Adrianófanes, saludos!