
Macarena se hizo en el campo. No es que haya surgido de la tierra pero sí puso sus manos al sol y bebió agua directamente de la laguna casi después de nacer.
Vivía cerca de los espinillos y los sentía como una tela dura, hecha de cortezas y habitada por arañas rudimentarias o demasiado viejas. A veces solía ir hasta el granero para oír amamantar a la gata. Se preguntaba por el destino de los gatos que no llegaban a beber la leche.
Emilio la miraba bañarse y le daba de comer -queso y peras- y a la tardecita se les acercaban los perros.
La noche en el campo era tan negra sobre la casita sencilla. Era de un silencio que crecía, acumulador de imágenes que duraban poco y eran reemplazadas por otras, vertiginosamente. El silencio era negro y absorbía la poca luz que desprendían los hongos en la tierra y las mariposas. Macarena jugaba a no pestañear y fumaba a escondidas.
Algunas veces recogía los cuerpos de los gatos en una canasta y los llevaba cerca de la laguna: eran rosados y fríos, casi perfectos con su hociquito gris y sus ojos cerrados. Siempre morían en poses de resguardo, como bebés, como a ella misma le gustaría morir, y los enterraba cerca de la laguna para que pudieran transformarse en dragones de agua dulce. Se frotaba las manos para combatir el frío. Volvía a la casita para no pestañear y así poder absorber todo el silencio antes de que llegara el día y Emilio y las gallinas.