miércoles, 23 de septiembre de 2009

infinittttt


Mi abuelo me decía que existía un hombre infinito. Señalaba con convicción las páginas de la historieta en la que se dibujaba un hombre corpulento y naranja, que vestía una armadura ligera y tenía rasgos duros en la cara. Mi abuelo me decía que era posible, que quizás existiera algún hombre infinito, que no muriera nunca, o que, de no existir todavía, podría llegar a nacer en cualquier momento. ¿Y si yo fuera el niño infinito? pensaba con angustia, mientras repasaba una vez más el libro de historieta que sostenía mi abuelo entre sus manos.
El hombre infinito era infatigable, caminaba de un cuadro al otro, caminaba, combatía y recorría muchos países –esto yo lo sabía porque en algunas viñetas estaba la torre Eiffel o las pirámides, y el hombre infinito sostenía la misma cara recia y el ceño fruncido, como si siempre se sintiera amenazado por algún peligro o estuviera por lanzarse a la aventura. Y yo le preguntaba, ¿Se puede lastimar el hombre que no muere? Sí, me decía mi abuelo, es como todos nosotros a diferencia de que no muere, pero tiene mucho tiempo para curarse. ¿Y tiene familia, tiene amigos? Los tuvo, pero murieron hace mucho tiempo, en lo demás, es como cualquiera de nosotros.
Me angustiaba pensar que el hombre pudiera lastimarse porque en mi imaginación la herida también era infinita. Y porque el hombre llevaría para siempre –y esa palabra dibujaba un hueco negro en mi imaginación- s-i-e-m-p-r-e los recuerdos de su infancia en la que aún desconocería su condición de infinito, entonces, al mirarse en los espejos su cara de siglos, el mundo le parecería una ironía –yo acaba de aprender esa palabra y la repetía en todos lados-, una “cruel ironía del destino”. Aferrado a mi abuelo, que intentaba tranquilizarme diciéndome que la memoria del hombre no era infinita, yo daba vueltas las páginas de la historieta y me sorprendía de que no tuviera más colores –era naranja, amarilla, gris y sepia, había detalles en blanco y en negro, pero predominaba un naranja solar o un naranja de incendio- y mi abuelo ponía cara de circunstancia y me decía que quizás existiera un hombre así entre nosotros, que podría ser el tío Marcelo o algún habitante del círculo polar, que podía ser cualquiera, y entonces yo sospechaba de mi abuelo, quizás fuera él, después de todo… y lo compadecía, y él seguía leyendo la historieta, aunque ya la sabía de memoria y me mandaba a calentar más agua para el mate. Desde adentro de la casa de mi abuela yo lo miraba sentado en el patio, con su cara tranquila y su forma de encorvarse suavemente sobre las páginas. El hombre solar tenía dedos largos y finos y después de un rato nos buscaba a mi abuela y a mí en la sombra, en las partes más frescas del patio, venía y con un gesto despreocupado tiraba la historieta en el pasto. Yo lo compadecía y me alegraba y le preguntaba si de verdad de verdad podía existir un hombre que no muriera nunca.

3 comentarios:

pilar dijo...

El hombre infinito y haber descubierto la guarida del Ratón Pérez te hacen única. Abrazo amiguilla.

Trescaídas dijo...

Puedo evocar preocupaciones similares de mi propia infancia... la idea de infinito también me abrumaba, ya no aplicada a un hombre, pero sí al universo, por ejemplo: trataba de imaginar que llegaba a un límite del universo... y le agregaba nuevas porciones. Un sistema rudimentario pero efectivo para provocar los primeros atisbos de angustia existencial.
Ahora quiero conocer el paradero del Ratón Pérez, ese mercenario.
Muy tierna la historia.
Abrazo.

forden dijo...

Tu relato es de mi agrado, Carito.

Que bueno que es escuchar a los abuelos.